Alabado sea Dios
En primer lugar, lo que has mencionado en tu pregunta sobre
el número de oraciones no es correcto. Originalmente eran cincuenta
oraciones, que fueron reducidas a cinco, como un favor del Señor del
Universo para los musulmanes.
En segundo lugar, las normas de la ley islámica pueden ser
divididas en dos categorías: aquéllas cuyo significado es evidente para la
razón o el sentido común, y aquéllas que no. Sobre estas últimas, muchos
sabios dicen que son puramente actos de culto a través de los cuales Dios
pone a prueba la obediencia de los musulmanes, y que no carecen en absoluto
de sabiduría, sino que su sabiduría no es evidente a simple vista ni está
mencionada en el Corán o en la Tradición Profética.
Ejemplos del primer caso son la prohibición de beber alcohol
y de apostar. Dios nos ha explicado por qué están prohibidas cuando dijo:
“Satanás
sólo pretende sembrar entre vosotros la enemistad y el odio valiéndose del
vino y de los juegos de azar, y apartaros del recuerdo de Allah y la
oración.
¿Acaso no vais a absteneros?”
(Al-Má'idah, 5:91).
Y hay otros versos similares.
Ejemplos del segundo tipo de versos incluyen la orden de
ofrecer la oración del mediodía cuando el sol ha pasado su cenit, o
circunvalar el Templo de La Meca en sentido anti horario, que la oración del
ocaso tenga tres rak’as, y muchos otros ejemplos.
Lo que has preguntado es sobre una norma que cae en la
segunda categoría, y para la cual Dios no nos ha explicado una razón
precisa. Los creyentes decimos ante estos casos: “Oímos y obedecemos”, a
diferencia de una comunidad entre los Hijos de Israel que dijeron: “Oímos
pero no obedeceremos”.
Aceptar lo que Dios dijo (traducción del significado):
“Él
no es interrogado por lo que hace, a diferencia de Sus siervos que sí serán
interrogados [pues deberán responder por todas sus obras el Día del Juicio]”
(Al-Anbiá', 21:23), es mejor para el creyente tanto para sus asuntos
religiosos como mundanos, porque somos servidores de Dios, y no tenemos
derecho a poner en duda las razones de Dios. Nuestro deber es obedecerle. Si
Dios nos dice el por qué, debemos obedecerle, y si no nos lo dice, también
debemos hacerlo.
En tercer lugar, en la obra Al-Mawsu’ah al-Fiqhíyah
al-Kuwaitíyah (1/49-51), hay una útil discusión sobre este tema que
citaremos aquí:
“Con respecto a comprender las razones por las cuales se nos
ha ordenado tal o cual cosa, podemos dividir los tópicos de la
jurisprudencia islámica en dos categorías:
1 – Normas cuya sabiduría es evidente para la razón o el
sentido común, ya sea porque el motivo está mencionado en los textos o
porque es fácil darse cuenta.
Tales normas son la mayoría de las que Dios ha prescripto,
como la caridad, el ayuno, la peregrinación, la dote durante el casamiento,
el período de espera para volver a casarse después de un divorcio en el caso
de la mujer, gastar en la familia, divorciarse cuando la vida en matrimonio
resulte insoportable, y muchas otras normas de la jurisprudencia.
2 – Normas que pueden ser entendidas como acto de culto.
Estas son normas en las cuales las causas y las consecuencias no son claras
ni evidentes, como el número de oraciones, la cantidad de rak’as que tiene
cada oración, y la mayoría de los actos encomendados durante la
peregrinación. Por la misericordia de Dios, estas normas son pocas en
relación con aquéllas cuya sabiduría es fácil de comprender racionalmente.
Algunos sabios afirman que estas normas han sido prescriptas para poner a
prueba la obediencia del creyente. Es de resaltar que la ley islámica no
prescribe nada, tanto en sus principios generales como en sus detalles
menores, que contradiga la razón o el sentido común, pero sí prescribe
algunas normas cuyas razones no son evidentes. Hay una gran diferencia entre
ambas. Si una persona está racionalmente convencida de que Dios existe y de
que es sabio, y de que sólo Él merece ser reconocido como Dios; y está
racionalmente convencida de que el Profeta Muhámmad (que la paz y las
bendiciones de Allah sean con él) es el último de los profetas, y afirma que
Dios es El Soberano y Señor, y que él es Su servidor; pero luego se da
cuenta de que Dios le ha encomendado o le ha prohibido algo, y dice: “Yo no
seguiré esta norma hasta que comprenda exactamente el por qué”, entonces es
evidente que esta persona no cree realmente en la omnipotencia y la
sabiduría de Dios. La mente humana, en especial si no es entrenada, tiene un
alcance limitado para comprender las causas y consecuencias.
La persona que se rebela contra las normas de Dios que
parecen no tener ninguna razón específica es como el paciente que recurre a
un médico confiable, el cual le prescribe varias medicinas en distintas
cantidades, algunas para ser consumidas antes del almuerzo y otras después,
y él le responde al doctor: “No tomaré sus medicinas, porque no conozco la
razón por la cual esta debe ser tomada antes de la comida, y esta otra
después, y esta otra durante la comida, y por qué en tales cantidades, y por
qué algunas son pequeñas y otras son grandes”. ¿Podría decirse que este
paciente realmente confía en su doctor?
Lo mismo puede decirse de una persona que dice creer en Dios
y en Su Mensajero, pero se rebela contra aquéllas normas cuya sabiduría no
comprende. El verdadero creyente es aquel que actúa de forma coherente con
la fe que manifiesta verbalmente, especialmente cuando ninguna de estas
normas puede decirse que vayan en contra del sentido común. No comprender
algo no significa que no sea cierto. ¿Cuántas normas hay, cuya razón era un
misterio en el pasado, y que luego hemos descubierto la gran sabiduría que
había detrás de ellas?
La razón por la cual el cerdo estaba prohibido era
desconocida en el pasado, y luego la ciencia descubrió cantidad de razones
por las cuales hoy sabemos que la carne de cerdo es perjudicial para la
salud, entre ellas la triquinosis. Y es obvio que Dios quiso proteger a los
creyentes de sus males.
Lo mismo puede decirse acerca de la orden de lavar con tanto
cuidado los recipientes que han sido lamidos por un perro, lavándolos seis
veces con agua y una con tierra… y otras normas cuya sabiduría subyacente
puede ser descubierta algún día en el futuro, aunque hoy en día no las
comprendamos.
Y Allah sabe más.